Hoy vamos a hablar de un tema complicado que despierta polémica. Un tema de esos que uno comenta hablando despacio, con cautela, observando con atención la reacción de su interlocutor a cada sílaba pronunciada a la espera de un gesto de enfado, de un gesto que indique que por ese camino no se debe seguir porque se está tocando un tema sensible, un tema vinculado a ese lado emocional e irracional del ser humano. Este tema no es otro que el de las canciones cansinas.
Las canciones cansinas son aquellas que uno llega a aborrecer por haberlas escuchado noche y día mil millones de veces, en todas partes, en una discoteca pija y en un bar de mala muerte de un barrio yonki, en un gimnasio sudado y en una piscina bajo el sol del verano, en la playa maldiciendo mentalmente a los niños que lanzan arena al corretear y en la montaña rodeado de gordos que aún se creen deportistas de élite.
Las canciones cansinas no tienen por qué ser malas; pueden ser canciones muy buenas, pero que por culpa de las emisoras de radio, canales de televsión y demás medios de comunicación, de nuestra vecina del piso de arriba, del tendero de la esquina, y del palurdo del coche de al lado, uno llega a odiar, a desear que finalizen con toda su alma nada más escuchar la primera nota.
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