
Imaginaros la escena en un comedor, medianoche de viernes tardía, platos con restos de tarta de chocolate, y ocho tazas de café sobre manchas de vino. Yo miré la hora con disimulo y después a las personas que me rodeaban, apreté los labios, me coloqué por decimocuarta vez la servilleta sobre el regazo, y busqué una botella de cualquier cosa líquida que tuviese alcohol. Cualquier cosa, de verdad, con tal de que su composición incluyese alcohol. Necesitaba un trago con urgencia porque un viernes por la noche, después de una semana de trabajo, de madrugones, de carreras por el metro, de atascos en la autopista, de camisas arrugadas, y de estrés mal pagado, no me veía capaz de encontrar más fuerza para seguir aguantando las gilipolleces de quien se sentaba frente a mí.
Imaginaros al personaje, pelo cuidadosamente revuelto, barba de cuatro días, camiseta verde con el logotipo de un evento deportivo de hacía 20 años bajo cuya manga corta vivía un tatuaje tribal. A falta de whisky o ginebra me tragué un bostezo. Me pregunté cuánto tiempo dictaba la norma de educación como correcto antes de interrumpir la sarta de tonterías que el personaje decía. Los demás comensales asentían con la cabeza, y sentí como mi enfado crecía a la par que mis esperanzas de que la lámpara se desprendiese del techo y le aplastase su cabeza disminuían. ¿Qué le pasaba a mis semejantes? ¿Algún ente había anulado sus inteligencias? Volví mi atención al personaje. Junto a su mano izquierda había un iPhone blanco. ¿Cómo coño pensaba pagarlo con la idílica vida campestre que planteaba? Resoplé y el personaje me miró. De verdad que traté de devolverle la mirada amablemente pero me fue imposible disimular mis pensamientos. (más…)